Texto de la conferencia “¡No tienen nada bajo control, ni siquiera se controlan a sí mismos!” de Fernando Castro Flórez
A continuación se puede leer un fragmento del texto de la conferencia.
“¡No tienen nada bajo control, ni siquiera se controlan a sí mismos!”.
[Noticias de ninguna parte y otros desatinos que nos entretienen].
Fernando Castro Flórez.
“Sandra Orgel realizó una pieza de colaboración en la Casa de la Mujer de los Ángeles (1972). Iba sin maquillaje, con una bata barata y zapatillas usadas, con rulos y un cigarrillo colgando de la boca. Colocó la tabla de planchar y enchufó una plancha. Cuando ésta se calentó, escupió sobre ella. El siseo de la evaporación era el único sonido. Durante diez minutos, silenciosa y metódicamente, planchó una sábana y, cuando acabó, la plegó y se fue” .
(Des)memorias.
En sus consideraciones sobre la memoria perdida de las cosas, Trías señala que en este mundo en que ha gustado la naturaleza de ocultarse a nuestros ojos y silenciarse a nuestros oídos, la reflexión filosófica sólo puede apoyarse, como experiencia primaria, en la experiencia de la ausencia de experiencia, en la experiencia del vacío dejado por las cosas huidas o desaparecidas: “Sólo desde cierta lejanía respecto al mundo real es posible abrirse a una comprensión lúcida del mismo; sólo desprendiéndose de un mundo que se origina del derrumbamiento del mundo mismo en el que habitan cosas y abriéndose a la revelación del vacío y a la conciencia de la ausencia que sustenta este mundo en el cual vivimos. Pero esa lejanía debe ser contrarrestada con una conciencia viva con ese mundo sin cosas, toda vez que es sólo en él donde pueden brillar indicios y vestigios de lo que huyó o de lo que está acaso por venir. La experiencia filosófica de hoy tiene, pues, en la falta de las cosas, y en la memoria y esperanza que esa falta, sentida dolorosamente, desencadena, su apoyatura mundana” . Aquella “agorafobia espiritual” de la que hablara Worringer en su libro Abstracción y naturaleza , queda corregida en esta visión de nuestro tiempo como crisis de la memoria, como una ausencia de lo concreto que lleva a una visión totalizadora.
El psicoanálisis atribuye un lugar central a la memoria. Así, se considera que la neurosis descansa sobre ese trastorno particular de la relación con el pasado que consiste en la represión.En Mas allá del principio del placer, advierte Freud, que la conciencia surge en la huella de un recuerdo, esto es, del impulso tanático y de la degradación de la vivencia, algo que la fotografía sostiene como duplicación de lo real pero también como teatro de la muerte . En la edad de la ruina de la memoria (cuando el vértigo catódico ha impuesto su hechizo) el tiempo está desmembrado, “de ese desmembramiento -escribe Trías en La memoria perdida de las cosas- surge la presencia de una reminiscencia” . El arte sabe de la importancia de destacarse del tiempo, para buscar las correspondencias como un encuentro (memoria involuntaria) que detiene el acelerado discurrir de la realidad. Gerhard Merz, con una tonalidad épica, parodiando la eternidad museal, “representa” el estilo de la cultura autoritaria, intenta mencionar la Historia aunque para ello tenga que situarse en el peligroso filo de lo ornamental-monocromático .
La memoria no se opone en absoluto al olvido. Aunque podríamos penar que vivimos en el país de los lotófagos, también tendríamos que estar prevenidos contra el uso retorizado y, finalmente, banal de aquella “Historia” que acaso sea, tal y como Nietzsche apuntara en su segunda Consideración intempestiva, la fuente de una enfermedad que tiene en el cinismo uno de sus síntomas. Más allá del “delirio conmemorativo” podríamos comenzar a recordar de otra manera. Puede que ciertas operaciones metafóricas-fotográficas, como la de Boltanski, Thomas Demand o Sophie Calle, nos muestren algunos de los senderos por los que transitar, conscientes de que no queremos ni podemos compartir el destino de Funes, aquel personaje de Borges que “sabía las formas de las nubes australes del amanecer de mil ochocientos ochenta y dos y podría compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro de pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebrancho” . En fin, una memoria que era, literalmente, un “vaciadero de basuras” y un ejercicio que provocada perplejidad.
Si tenemos la obligación de recordar y el derecho al olvido. Evocamos al Temístocles y a su voluntad de evitar que todo sea sometido al criterio memorístico sobre todo cuando tenemos la sensación de que la preocupación “estatal” o política por el pasado puede servir, entre otras cosas, para desentenderse del presente. “La repetición ritual del “no hay que olvidar” no repercute en ninguna consecuencia visible sobre los procesos de limpieza étnica, de torturas y de ejecuciones en masa que se producen al mismo tiempo, dentro de la propia Europa” . La historia tiene algo de enmarañamiento narrativo, de férreo sistema organizado que finalmente deja todo aquello que no “interesa” en la sombra definitiva. Algunos artistas han tratado de investigar en torno a lo olvidado por la historiografía tradicional ; se trata, más que de un mirar hacia atrás, de una voluntad de decir el pasado de otro modo . Ese impulso revisionista y, al mismo tiempo, descontructor choca frontalmente con la movilización permanente, con la prisa informativa y con la amnesia de todo lo que no sea divertido o escandaloso. Como apuntara Zizek, para deshacerse realmente del pasado no hace falta destruir los monumentos, porque resulta mucho más efectivo hacer que formen parte de la industria turística.
La publicación del texto fue autorizado para su uso por Fernando Castro Flórez y el Centro Cultural de España en Buenos Aires.
